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La queja de un conductor de autobús: "​Cuando el cinturón siempre aprieta al mismo"

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El conductor de autobús y la educación del pasajero: la gran asignatura pendiente. 


Cada cinco años, sin excepción y sin excusas, el conductor de autobús vuelve al aula. No por nostalgia académica, sino por obligación legal. Se llama CAP, Curso de Aptitud Profesional, y es el peaje obligatorio para seguir al volante de un vehículo que transporta personas, vidas, futuros.


Seguridad vial. Normativa actualizada. Primeros auxilios. Conducción eficiente. Atención al usuario. Todo revisado. Todo evaluado. Todo exigido.


Y no hay queja. 

Porque así debe ser. 

Lo incomprensible es que la exigencia termine justo al cruzar la puerta del autobús. 

Porque a partir de ahí, el orden se diluye, la responsabilidad se evapora y la seguridad se convierte en una palabra bonita escrita en un folleto institucional. 


Excursiones escolares: el viaje donde se pierde el control


Hablen con cualquier conductor que realice servicios discrecionales o excursiones escolares.


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Todos relatan lo mismo. No es opinión: es patrón. No es excepción: es norma. —«Cuando acabó el viaje, no reconocía el autobús». Asientos manchados de comida. Restos pegados a los cristales. Papeles por el suelo. Gritos. Carreras por el pasillo. Saltos de asiento en asiento. Mochilas lanzadas como si el vehículo estuviera detenido en un patio escolar y no circulando por una vía pública. 


Todo esto con el autobús en marcha.


No son anécdotas. No son exageraciones. Es una rutina peligrosa que se ha normalizado hasta extremos inaceptables. El autobús deja de ser un medio de transporte para convertirse en tierra de nadie: sin normas, sin autoridad y sin control efectivo. 


Adultos presentes, responsabilidad ausente


En teoría, los menores no viajan solos. Van acompañados por profesores, monitores o cuidadores. Adultos responsables. O que deberían serlo. En la práctica, demasiadas veces, estos acompañantes adoptan el papel de pasajeros pasivos: sentados en primera fila, mirando el móvil, conversando entre ellos o, sencillamente, mirando hacia otro lado. 


  • No se exige que los niños permanezcan sentados. 
  • No se supervisa el uso del cinturón. 
  • No se corrige una conducta peligrosa.
  • No se detiene el vehículo cuando la situación se desborda. 


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Y cuando ocurre lo inevitable —un frenazo, un golpe, una queja— el dedo acusador no duda ni un segundo. La culpa es del conductor. Siempre, Siempre, Siempre. Un profesional al volante… y un caos detrás.


Al conductor se le exige puntualidad, cumplimiento estricto de la normativa, conducción suave, anticipación al riesgo y trato impecable al usuario. Pero además se le pretende convertir en vigilante, educador, mediador y, en ocasiones, terapeuta improvisado. Todo al mismo tiempo. Todo sin levantarse del asiento. Todo sin dejar de conducir. 


Una exigencia absurda e injusta. 


Porque un conductor no puede conducir y controlar un pasillo convertido en patio de recreo. No puede girarse. No puede levantarse. No puede imponer orden sin comprometer la seguridad. Y, aun así, se le responsabiliza de todo lo que ocurra detrás de su espalda.


Es como exigirle a un piloto que reparta bebidas en plena turbulencia… y luego culparle si alguien se quema. El material existe. Los vídeos también. Pero la ley protege al infractor Existen grabaciones. Existen pruebas gráficas. Existen imágenes que dejarían sin palabras a cualquier ciudadano mínimamente responsable.


Pero no se publican. No se difunden. No se muestran. 


No por falta de interés informativo, sino por respeto a la legislación vigente y a la protección de datos, especialmente cuando se trata de menores. Una paradoja amarga: la ley protege la intimidad… mientras el autobús queda hecho un desastre y la seguridad comprometida. Lamentable; Pero real.


¿Y si el CAP también subiera al autobús? 


Quizá ha llegado el momento de formular una pregunta incómoda, pero necesaria: 


¿por qué solo se forma al conductor? ¿Por qué no existe un protocolo obligatorio para grupos organizados? ¿Por qué no se exige una formación mínima a centros educativos y acompañantes antes de subir a un autobús? No hablamos de burocracia. Hablamos de sentido común.


Un protocolo claro donde se explique, sin rodeos, que: Un autobús no es un parque infantil. El pasillo no es una pista de atletismo. Los asientos no son trampolines. El cinturón no es opcional ni decorativo.


El autobús es un espacio compartido que se respeta o no se utiliza. Porque la responsabilidad no termina en la puerta del autobús. Empieza dentro. Seguridad vial no es un monólogo. No se puede exigir excelencia a un solo eslabón de la cadena mientras el resto funciona por inercia, comodidad o desidia. La seguridad vial es un trabajo colectivo. Y cuando falla, no fallan las máquinas: fallan las personas. Cada asiento limpio, cada cristal intacto, cada menor sentado y con cinturón es una victoria silenciosa. Cada vez que se mira hacia otro lado, se pierde algo más que orden: se pierde respeto.


Tal vez, cuando dejemos de buscar culpables fáciles y empecemos a repartir responsabilidades reales, el autobús vuelva a ser lo que siempre debió ser: un espacio seguro, digno y civilizado. Y el conductor, por fin, deje de ser el único al que siempre… le aprieta el cinturón.

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